viernes 13 de noviembre de 2009

La escalera

Había una vez una escalera pública. No era una escalera lujosa. Tenía sus escalones, su baranda, sus dimensiones reglamentarias... y todos esos elementos cumplían con la loable función de unir dos plazoletas secundarias de un barrio cualquiera de Madrid.

Eso no impedía que la escalera tuviera su corazoncito. A veces, incluso, se sentía orgullosa de su naturaleza de atajo para algunos hacia la parada del metro. Los paseantes de perros matinales las subían y bajaban cada día, para reunirse en gropúsculos sociales:

"yo lo cepillo con un esprai maravilloso que me lo deja así de brillante", "yo al mío me le doy doc chou y dejo que se revuelque en la mierda, que asín es muncho más feliz", "el mío me trae el periódico y las zapatillas y le estoy enseñando a echarme los euromillones"...

Las amas de casa y los jubilautas subían la compra de la galería comercial por sus peldaños... los niños que volvían del cole con sus carteras saltaban en sus escalones... Los pesados que cada sábado juegan al futbol y cantan rancheras como si fueran Pavarotti subían por ellas sin caerse de boca -por desgracia, algo así evitaría el posterior alarde de talento musical- ni tropezar... en fin, llevaba la vida que cualquier escalera podía desear.

Pero de repente, sin previo aviso, llegaron los señores de los chalecos reflectantes. Después de colocar varios palés de adoquines mermando el escaso aparcamiento de una de las plazoletas, se olvidaron de cualquier piedad que pudieran albergar sus crueles corazones, y uno de ellos se puso a destruirla con un martillo neumático.

La escalera sintió un dolor penetrante, pero como era de piedra, las punzadas que sentía lastimaban su orgullo.

- ¿Acaso tengo algún defecto de construcción? ¿Acaso soy una escalera escurridiza, haciendo caer a los subientes o bajantes por mis peldaños? ¿Acaso albergo algún maldito charco de lluvia permanente en un rincón? ¡NO!! Entonces, ¿por qué? ¿Por qué me hacen ésto?

Entre el desescombro y la reconstrucción de peldaños, tardaron dos semanas largas en terminarlas. Hubo tres obreros - a menudo usando la técnica de prevención de riesgos laborales de "vigilancia en puntos distales": uno trabaja y dos miran, y así evitan deslomarse-.

Total, haciendo cuentas...




... nos viene a salir que tres tíos con salario base de peón, con su prorrata de pagas extras, vacaciones devengadas y su coste de Seguridad social, con el día de horas extras en festivo que era absolutamente necesario que hiciesen en el día de la Almudena, según las tablas salariales de 2009 del convenio de construcción, nos cuestan unos 4500 euros en salarios. Ni puta idea de costes de energía, alquiler de maquinaria y vehículos, cemento, baldosas y adoquines nuevos.

Y el resultado?

Tacháááánn!!

¡¡Una... escalera!!

La acera de abajo declaró a los medios:

- No sé qué ínfulas le han dado, en el fondo es la misma escalera de siempre. Mira, hasta la barandilla es la antigua. Pero desde que le han hecho el lifting está insoportable. Ya ves tú... vamos, que si a mí me echan otros cuatro mil quinientos euros no me daría tantos humos. Ésta, y las pistas de deporte de arriba... ¡JA! Con dinero público, así cualquiera puede presumir...
...

miércoles 11 de noviembre de 2009

Retales: el dorado

Casi lo tenía terminado. No era muy grande pero serviría de mantita para el cuarto de estar. No es que fuera una maravilla, pero miraba su obra con ternura. Había que sobrehilar el envés, convendría usar una entretela... En el centro estaba su pedazo de tela favorito. Era dorado de luz de atardecer. La que impregna el primer recuerdo. El Abu estaba sentado en el patio en su sillón alto, con su pierna tiesa, y ella se subió al travesaño de su sillón, agarrándose en el reposabrazos. Su madre no estaba, porque si no, le hubiera reñido: "¡¡Que vas a tirar al abuelo!!".

Jugaban al juego que él le había enseñado.

- ¿Sabes cuánto te quiero yo?

- Abuuuu, ¿Cuánto me quieres?

- Cien... - le ayudaba a empezar.

- ¿Me quieres cien arrobas?

- Noo, mááás.

- Abu, ¿me quieres mil arrobas?

- No, más, ¡más de mil arrobas... !

- ¿Diez mil arrobas?

- No, más, más de diez mil...

- Más de diez mil... dd... ¿¿Cien mil arrobas??

Entonces el Abu, riendo, describía un semicírculo hacia el cielo con su mano para contestar:

- ¡No, más! Te quiero mucho más.

Y recorriendo el camino de vuelta con la mano, le cogía la mejilla y la cabeza a la vez para besarla, aplastando su enorme nariz en la carita mofletuda.

martes 10 de noviembre de 2009

Retales: brillos de plata

El pedazo de las flores violetas quedaría estupendamente con el de los reflejos plateados. Además están en la misma acera de la misma calle. Hale, decidido.. Frap-frap... Un día llegaba a la calle de la casa de sus abuelos para regar las plantas y lo vió venir por la acera de enfrente.

Pero cuando iba a gritarle "¡¡Abuelo!!" - abuelo, abuelito, estoy aquí, ¿qué hora es?- dos viejecitas llegaron a su altura.

Salvando su decrepitud, el Abu apoyó la muleta derecha en el mango de la izquierda, sujetándola mañosamente con el pulgar. Entonces se quitó el sombrero, e inclinando un poco la cabeza, dijo: "Buenas tardes". Aquellas dos señoras le miraban sonriendo, ladeando sus cabecitas plateadas y lacadas de la peluquería de Paloma, y allí siguieron enseñando sus dentaduras postizas, plantadas en la acera como dos girasoles, hasta que el abuelo las franqueó.

Hay recuerdos que son como el vino. Con los años ganan en cuerpo y matices.

lunes 9 de noviembre de 2009

Retales: violetas

Y otro estampado de flores. Más verdes, azules y violetas esta vez. Como las del patio de la Yaya. Frap-frap, frap-frap. Desangelado sin su Juanita, se fue consumiendo poco a poco. Grandes arrugas verticales surcaron sus mejillas y las sienes se le hundieron como cuevas. Mientras pudo, siguió yendo a regar el jardín de la Yaya. Se citaba con alguno de los nietos cuando la hora del calor se había pasado, e iban a la casa en la que habían estado sus últimos años juntos. Con ella también quedaba. Lo recuerda subiendo por la calle, ligeramente en cuesta, - muletas, paso, arrastrada- y al acercarse, mirar su flamante reloj digital casio, plateado y grande. Se lo mostró:

- LEE.

- Cero ocho... dos puntos ¿cero cero...?

- ¡Las ocho! - y se reía, sacando una moneda de veinte duros de las nuevas; por haber sido puntual.

En el patio, ella cogía la manguera y la iba llevando, cuidando que no hiciera nudos, por las macetas y los arriates. La colocaba sobre un tiesto y, mientras manaba el agua, levantaba la cabeza para mirar al abuelo. Entonces, de repente el Abu decía "¡Ya!" y había que cambiar a otra planta. Así sobrevivían, aunque algo mustias sin la Yaya, las diamelas, el jazmín, la planta del dinero, los geranios... Cuando ya estaba prácticamente todo, ella se entretenía en mirar como las plantas agostadas parecían alegrarse de beber, tallos y hojas irguiéndose refrescados... y el Abu desaparecía del patio.

Entonces era triste. Si entraba en el corredor, podía ver las puertas de la sala de estar entornadas y ahí estaría el Abu, al fondo, cogiendo una foto tras otra de la Yaya, llevándosela a los labios con fervor, y murmurando con la voz quebrada: "guapa... guapa...!". Ella lo sabía porque una vez había entrado en el cuarto de estar sin que la oyera. Cuando llegó hasta a él, pudo ver que le resbalaban por la cara lágrimas como jamones. El Abu, contrariado, la miró con ojos que parecían llamarla "¡intrusa!" y le ordenó:

- ¡Vete!

Ahora esperaba en el patio, cogiendo los capullos de jazmín sin bordes rosa, que son los que han de abrir en el día. Como hacía la Yaya, que se prendía un ramillete de jazmines que le iban floreciendo sobre el calor del pecho en el vestido hasta formar un broche perfumado. Cogiendo jazmines se entretenía mientras esperaba a que el Abu terminara.

Y así fue mermando, más de amor que de viejo, sin perder esa prestancia que le caracterizaba a pesar de todo.

domingo 8 de noviembre de 2009

Retales: Ocres

Otro estampado, en ocres... éste irá precioso en contraste con el azulón grisáceo y el rojo... mmmhh... hilvanemos... ¡y qué le vamos a hacer! Si no vale discutir... las cositas del querer de la vida son así.

Los ocres de las manos del Abu. Aquella piel morena y manchada, pegada a los huesos de un cuerpo castigado... pero escudo infalible para los ojos. Escudo que usaba cuando no quería mirar, como con las inyecciones, y también cuando no quería ser visto. Cuando se enfadaba, apoyaba el codo en el brazo del sillón, y desplazando el cuerpo hacia ése lado, ocultaba la mirada tras la mano. Pero entreabría los dedos para espiar con el rabillo del ojo. Esa treta la conocían todos, así que cuando le encontraban la pupila y se sentía delatado, movía los dedos y cambiaba la apertura, y el juego del espía volvía a empezar.

El enfado no sólo le aportaba la visión de rayos X a través de sus manos, sino que minoraba su sordera. Porque se estaba quedando sordo. Ella recuerda una nochebuena, en aquella mesa larga familiar, y el Abu presidiéndola. Se había hecho un corte en un dedo, partiendo pan con el cuchillo en vilo, mientras ella miraba. Pero no se dio cuenta. La sangre empezó a gotear sobre su plato...

- A... Abu... te has cortado...

El Abu, con el ruido ambiente y la sordera, ni se enteró.

- ¡¡Abu, que te has cortado!!

La cena continuaba sin más incidencia que la sangre de la mano del Abu vertiéndose sobre su comida, y ella gritó aún más

- ¡¡ABUELO, EL DEDO!! - y al fin, poniéndose de rodillas en el banco para ganar entidad entre las cabezas de sus hermanos -¡¡¡ Mamá, que el Abu se ha cortado!!!

El Abu no se había enterado de nada.


Pero éso sí, si sus dos hijas susurraban algo entre ellas a cuatro metros de distancia cuando él estaba enfadado, podían escucharle decir:

- ¡¡Que os creéis, os estoy oyendo!!

viernes 6 de noviembre de 2009

Retales: el frío blanco

El blanco. El de las sábanas constantes, el de las cajas de medicación, el de la luz cegadora de la mañana cuando se descubre que la pesadilla no fue sueño... frap-frap, frap-frap... La enfermedad hacía mella en él, pero la Yaya le cuidaba. La recuerda desatándole los cordones de los zapatos en el cuarto de estar para que él sólo tuviera que sacárselos, en la hora de ir a dormir.

Y contra todo pronóstico, por edad, por estado de salud... la Yaya murió repentinamente. Sufrió una embolia devastadora con la que consiguió lo que siempre había pedido en sus rezos: morirse sin enterarse siquiera.

Para el abuelo fue un cataclismo. Lo recuerda entonces, instalado provisionalmente en una cama en el salón, con una mesa de hospital a su lado, repleta de cajas de medicina. Durante un tiempo tuvo que ir el practicante a pincharle a casa, y ella recuerda que le hacía gracia ver cómo su abuelo se tapaba los ojos con la mano, porque le daban miedo las inyecciones.

A la muerte de la Yaya el cuerpo del Abu se solidarizó con su alma, y quedó demolido. Poco a poco empezó a levantarse, pero transpirando dolor a cada paso. Con su ritmo hipnotizador de muletas-paso-arrastrada. De aquel cuerpo formidable quedaban la altura y la prestancia, impertérrito con su vestimenta elegante y su sombrero gris de fieltro, en unos años en que era imposible encontrar sombrererías ya...

jueves 5 de noviembre de 2009

Retales: azul de anochecer

Bien, sabía que andaba por alguna parte. El marengo azulado hará de puente entre los colores del centro y el retal blanco y negro. Le dió pereza hilvanar, así que sujetó los retales con alfileres para empezar a pedalear absorta, traspasando el tejido con la mirada... Lo que quizá empezó la guerra, posiblemente lo terminó otro hecho en su vida: la muerte de su padre. El día en que murió su padre, amigo de sus amigos, de jaranas y despilfarros, todos aquellos que le habían acompañado a la mesa y al vino brillaron por su ausencia en el entierro. Se lo imagina mascando el desengaño, mientras seguía al féretro camino del cementerio. Y mascando desengaño de vuelta del camposanto, bajo un cielo de anochecer, que abandona el azul para darse al gris oscuro, y finalmente al negro. Maldiciendo la hipocresía, la falsedad, el interés, y su propia ingenuidad. Por éso llegó a su casa, cerró la puerta, y no la volvió a abrir para salir con amigos, ni para que aquellos entrasen más. Allí se quedó con su Juanita, sus hijos y su botica.

Ya de mayor mantuvo su decisión y encontraba placer en la soledad, paseando con sus muletas hasta el kiosko de Parra para comprar caramelos de mora, triskis y novelillas de Estephanía. Nunca le faltó la cortesía, o la sonrisa en el saludo. Pero ya no hubo más parrandas ni camaraderías con nadie que no fuera de los suyos...