La escalera
Las amas de casa y los jubilautas subían la compra de la galería comercial por sus peldaños... los niños que volvían del cole con sus carteras saltaban en sus escalones... Los pesados que cada sábado juegan al futbol y cantan rancheras como si fueran Pavarotti subían por ellas sin caerse de boca -por desgracia, algo así evitaría el posterior alarde de talento musical- ni tropezar... en fin, llevaba la vida que cualquier escalera podía desear.
Pero de repente, sin previo aviso, llegaron los señores de los chalecos reflectantes. Después de colocar varios palés de adoquines mermando el escaso aparcamiento de una de las plazoletas, se olvidaron de cualquier piedad que pudieran albergar sus crueles corazones, y uno de ellos se puso a destruirla con un martillo neumático.
- ¿Acaso tengo algún defecto de construcción? ¿Acaso soy una escalera escurridiza, haciendo caer a los subientes o bajantes por mis peldaños? ¿Acaso albergo algún maldito charco de lluvia permanente en un rincón? ¡NO!! Entonces, ¿por qué? ¿Por qué me hacen ésto?
Entre el desescombro y la reconstrucción de peldaños, tardaron dos semanas largas en terminarlas. Hubo tres obreros - a menudo usando la técnica de prevención de riesgos laborales de "vigilancia en puntos distales": uno trabaja y dos miran, y así evitan deslomarse-.
Total, haciendo cuentas...
... nos viene a salir que tres tíos con salario base de peón, con su prorrata de pagas extras, vacaciones devengadas y su coste de Seguridad social, con el día de horas extras en festivo que era absolutamente necesario que hiciesen en el día de la Almudena, según las tablas salariales de 2009 del convenio de construcción, nos cuestan unos 4500 euros en salarios. Ni puta idea de costes de energía, alquiler de maquinaria y vehículos, cemento, baldosas y adoquines nuevos.
Y el resultado?
¡¡Una... escalera!!
La acera de abajo declaró a los medios:





